Continuamente escuchamos sobre las crisis financieras de los servicios de salud que se ven expresados en demoras en la atención, disminución en la calidad de los servicios prestados, citas médicas extrarrápidas, listas de espera para procedimientos y medicamentos, y un larguísimo etcétera. ¿Pero qué explica esta crisis constante? ¿La corrupción, los malos manejos, los intereses políticos y económicos? Sí a todo lo anterior.

Definitivamente la corrupción juega un papel crucial en el funcionamiento de cualquier sistema social. Verificad, por ejemplo, el Índice de percepción de corrupción de Transparencia Internacional de 2016, en donde se concluye que, de los 176 países considerados, dos tercios se encuentran bajo el punto medio de la escala.  Los intereses políticos y económicos son indiscutibles.

Tenemos el caso, entre tantos de los cuales elegir, de las enfermedades tropicales desatendidas que, sin entrar en mucho detalle, son desatendidas en particular debido a que no existen incentivos económicos para fomentar la innovación en sus tratamientos, lo cual deja la atención a los gobiernos (curiosamente son más comunes en países de medios y bajos recursos) y la pura filantropía.

Ahora bien, ¿es esta la única explicación de la crisis financiera de nuestros sistemas de salud? Bueno, no. Para sorpresa de nadie es un asunto multicausal. En esta entrada hablaré de una de esas causas: los cambios en la demanda de servicios de salud.

¿De dónde vienen los cambios en la demanda?

1. Del aumento en la expectativa de vida

Las mejoras en el acceso a medicamentos (en particular a vacunas y antibióticos), el uso cada vez más extendido de agua potable y saneamiento y una reducción mundial de la pobreza (sobre todo la extrema), entre otros factores, han tenido un indudable impacto en este importante indicador. ¿Qué es?

La esperanza de vida “en realidad se refiere a la cantidad de años que viviría un recién nacido si los patrones de mortalidad vigentes al momento de su nacimiento no cambian a lo largo de la vida del infante. En otras palabras, se trata de ver el número de personas de diferentes edades que mueren ese año, y proporcionar un panorama general de las “características de mortalidad” de la población para ese periodo”. ¿Cuál es su importancia para la discusión? Que la esperanza de vida de la población mundial ha pasado de 52 años en 1960 a 71 en el 2014. Es decir, cada vez vivimos más. ¿Pero cada vez vivimos mejor?

2. De la disminución en el número de hijos

La sensación es que el mundo está a reventar de personas y hay más y más recién nacidos. ¿No es así? Pues bien, a pesar que sí es cierto que la población en apenas dos siglos y contando ha pasado de 1000 millones de habitantes a sus actuales 7300 millones, el crecimiento es ahora desacelerado. ¿Desacelerado? Sí, me refiero a que aumenta a un ritmo cada vez más lento. ¿A qué se debe? A una caída enorme en la tasa de fertilidad global, que ha pasado de 5 nacimientos por mujer en 1963 a menos de 3 en 2014. En algunos países, es menor de 2, en otros sigue siendo mayor a 5. Todo lo anterior está muy relacionado directamente a su respectiva situación económica. ¿Cuál es su importancia para la discusión? Al disminuir el número de nacidos, disminuyen los futuros trabajadores y aportadores a la economía de sus países.

3. Aumento en la expectativa de vida más disminución en la fertilidad

Cuando se tienen estos dos factores juntos: una población que cada vez vive más y que al mismo tiempo tiene cada vez menos hijos, se llega inevitablemente a lo que popularmente se conoce como envejecimiento de la población. Una situación en la cual crece más el número de personas mayores mientras que disminuye el de personas jóvenes. ¿Y por qué esto es un problema?

4. Envejecimiento de la población y enfermedades crónicas

En el mundo el porcentaje de personas mayores de 65 años ha ido constantemente en aumento pasando de 5 % en 1960 a 8 % en 2015. Por otro lado, también han ido aumentando las causas de mortalidad. Ya no morimos fundamentalmente de enfermedades infecciosas, sino que morimos de las no infecciosas: cáncer, enfermedades del corazón, diabetes, hipertensión arterial, etc. Entre otras, como consecuencia del tabaquismo, de la falta de actividad física, de estrés, contaminación ambiental y alimentación inadecuada.

Cosa que entre vivir más y enfermarnos y morirnos de lo que nos enfermamos y nos morimos, tenemos una población vieja que padece de un sinfín de condiciones crónicas que requieren múltiples servicios de salud: requieren más prescripciones y consumen más atención ambulatoria que poblaciones más jóvenes y, por ser más vulnerables, requieren más asistencia en caso de caídas y fracturas, de limitaciones físicas y mentales. Ya para el 2004, se estimaba que las enfermedades crónicas representaban el 70 % de todas las muertes en Estados Unidos y 75 % del costo anual en salud.

Concluyendo

Así pues, tenemos que, podemos en parte explicar el aumento constante en el gasto de salud, como una consecuencia del aumento en la demanda de servicios, lo que lleva a un aumento en la inversión que tanto los gobiernos como sus poblaciones tienen que hacer sobre la atención de su salud. Vivimos más y nacen menos. Sin embargo, hay que señalar, envejecer no es sinónimo de vivir enfermo. De hecho, hay notables casos de poblaciones viejas sin una presencia tan alta de enfermedades no infecciosas y enfermedades crónicas. Por supuesto. ¿Pero qué vamos a hacer si aún así nos rondan los malos hábitos? Nosotros seremos, acá tirando los dados, futuros y fijos usuarios de los sistemas de salud.

 

Consultor, investigador y docente en Salud Internacional y Desarrollo Social con énfasis en Gestión del Conocimiento en Salud y Gestión de las Tecnologías en Salud incluida la eSalud. Escritor y fotógrafo aficionado bajo el seudónimo Mista Vilteka. www.mistavilteka.co
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