El lema de la medicina tradicional podría haber sido «Todo para el paciente, pero sin el paciente», y es que siempre ha habido un cierto paternalismo en la práctica médica. La llegada del paciente empoderado, gracias a las tecnologías de la información de la salud, ha modificado la relación con el médico. Ya no ejerce aquel un papel pasivo, sino que toma partido activamente en su salud. Esto está suponiendo una revolución, un cambio de paradigma.

El paciente empoderado, un pilar de la nueva medicina

El origen de este cambio puede situarse en Estados Unidos, cuando en 1999 se publicó el informe «Errar es humano», en el que se hicieron públicos los fallecimientos de entre 44.000 y 98.000 pacientes norteamericanos a causa de negligencia médica. Desde entonces, y en el contexto de una sociedad en que la asistencia sanitaria no ha estado garantizada a toda la población y en que las compañías de seguros no ofrecían los mejores servicios, los pacientes empezaron a tomar conciencia de sus necesidades y a ejercer el poder para satisfacerlas.

Hoy los pacientes buscamos información. Sobre la enfermedad que padecemos, sus causas y su tratamiento. Queremos segundas opiniones. Más comprensión y consuelo. Más diálogo con nuestros doctores. Queremos monitorizar nuestra salud con dispositivos wearables o con aplicaciones para el móvil. Queremos conocer a pacientes que también padecen nuestra enfermedad. En definitiva, queremos participar en el control de nuestra salud.

El paciente empoderado supone muchos retos. El más importante es para la comunidad médica, que tendrá que adaptarse a las nuevas necesidades. Deben alertar sobre la información de salud fraudulenta en internet y recomendar o generar contenido de calidad. Han de recordarnos que nada puede sustituir una consulta o las pruebas médicas, y que tener más poder no significa que podamos hacer un autodiagnóstico o automedicarnos.

Es una buena noticia para la salud pública que los pacientes asumamos un papel activo en la gestión de nuestro bienestar físico y emocional. Primero porque facilita la prevención de enfermedades como la diabetes, la obesidad, la hipertensión o algunos tipos de cáncer. Y segundo porque puede ahorrar tiempo a los propios doctores, haciendo su práctica más eficiente y por tanto, disminuyendo el gasto sanitario.

Invitar al paciente a que asuma un papel más activo es clave en el tratamiento de las enfermedades crónicas. Estos enfermos no solo necesitan un seguimiento médico especial, sino seguir al pie de la letra un tratamiento, ponerse en serio a hacer ejercicio o simplemente llevar una vida sana. Alentar a que el paciente asuma su enfermedad, la conozca, y entienda lo importante que es seguir los consejos de su médico es vital. Y también que tenga una actitud positiva, no solo para su bienestar emocional, sino para el buen trascurso de la enfermedad, como ocurre con la diabetes o la esclerosis múltiple.

Esto lo saben bien en el programa Paciente Activo del Servicio Vasco de Salud. Se ofrecen cursos a distintos enfermos crónicos para darles toda la información que necesitan sobre autocuidados y el manejo de su enfermedad, para motivarles en su día a día, concienciarles para adherirse a los tratamientos y sobre todo, a compartir su experiencia con otras personas que viven una situación parecida.

Que el paciente obtenga más poder a la hora de gestionar su salud, lejos de significar un impedimento o una crítica a la práctica médica, supone una ayuda más para remar en la misma dirección: la salud y el bienestar de todos.

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